Shhhh!

 Hace unos años, vivía en una habitación tan reducida que podrías allí imaginar solo una alacena, un espacio para lavar o algo cercano, piensa que en esa habitación dormíamos 4 personas, dos en una cama individual y dos en otra. Así fue como aprendí a dormir dando hacia los pies del otro, porque de esa forma habría suficiente espacio para poder descansar.

En esa misma habitación, debía estudiar, jugar, saltar y a veces comer. Mi madre piensa que no recuerdo esos días, pero recuerdo incluso haberme dado un golpe en la cabeza con una repisa en la pared y sangrar, sé que no fue un sueño, porque estando sin cabello en medio del cáncer pude ver la cicatriz, esa que crecí tocando a través de mi cabello y me hacía recordar aquel día. Mantequilla me colocaron, (cosas de abuelos) según con eso sanaría la herida.

Recuerdo tantas cosas, más de las que quisiera.

Viví de esta forma algunos años, hasta que mi madre se casó y pudimos tener una habitación mi hermana y yo, incluso era tan grande que podíamos decir que eran dos habitaciones divididas a una media pared. Una casa completa para nosotras, hasta podía jugar en el patio, y nadie me regañaría ni seria molestia. Estoy segura que para esos días, mi madre era muy dichosa, puedo verme en ella reflejada cuando veo mis personitas jugando en un espacio de ellas, grande, espacioso y sin limitaciones.

Casi puedo sentir como ella tuvo que sentirse cuando nos veía jugando en aquel patio, yo me montaba en una cubeta y tomaba la escoba de casa y decía que era mi tarima, ahí cantaba a todo pulmón en medio de aquel espacio, o daba vueltas en una bicicleta que tuve en navidades, pienso que ella, esos días se sintió plena. Vaya, cuanto le debo a mi madre. Tuvo un precio, pero se y estoy convencida que todo lo soportó por podernos brindar a nosotras una estabilidad y un hogar.

Dentro de estos recuerdos, claro que hay algo que debo sanar, en medio de aquella habitación pequeña que comenté antes, aprendí algo que a un niño de tan corta edad puede serle muy duro de asimilar, aprendí a callar. No podía subir la voz mientras estaba en casa, no podía cantar, tampoco debía conversar con adultos, ni meterme en conversaciones, no podía opinar. Eso quedó allí, no cambió en mí, aprendí a ser bastante sumisa, mucho, crecí y seguí siendo sumisa, con esa idea que las chicas debíamos aceptar y ser “independientes”, crecí con un concepto de los hombres muy fuerte.

Mi tía, siempre decía que ninguno era bueno, siempre algún comentario escapaba, y mi abuela siempre sumisa a sus hijos, desde atenderle en cada comida hasta lavarle ropa, a personas que ya pasaban de 40 años, aguantar, callar, aceptar… la mordaza en mí solo ha cambiado de tamaño, con los años a estado presente, hoy miro atrás mis relaciones, mi entorno, y lo puedo comprender.

Ahora en el presente, confieso tener una mordaza, aun latente, calla, acepta, aguanta, sigue:

“Estas enferma, te duele?... aguanta, calla, no digas que te duele, para que decirlo? Si igual tienes que seguir?... tienes ganas de llorar? Pero para que vas a llorar, si llorando no solventas nada?... te sientes sola?... busca a Dios y ya está, no te sentirás sola. Quieres un día completo para ti y no hacer nada? Pero que holgazana eres, que floja, y tus personitas?...” y así.

Si, si no lo sabias, eso es tener una mordaza, no poder expresarte, no poder mandar todo al… es una mordaza, no poder quejarte de algo, no poder decir, no. En cualquier ámbito donde no estemos cómodos o de acuerdo. Aquí sigo con la mía puesta, tratando de a ratos soltarla un poco, porque me aprieta demasiado.